miércoles, 10 de octubre de 2007

CONDENA A CRISTIAN VON WERNICH PERPETUA EN EL MARCO DE GENOCIDIO!


GRACIAS MADRES POR SU LUCHA QUE ES NUESTRO CAMINO A SEGUIR


CERDO DE DIOS

Escribe: Alfredo Grande

Especial para: TOPIA REVISTA

"en una cultura no represora, la excepción no confirma la regla: la
interpela"

aforismo implicado

Se cagó en dios. Al menos, en uno de ellos. El que multiplicó los panes y
los peces. El de la abundancia. Hizo un pacto con el otro dios, el de la
guerra y el exterminio. No hubo rastros de banalidad en su cobarde
trayectoria. Protegido por un vicariato, mezcla de inquisición y GESTAPO,
trituró anhelos y esperanzas. Fue mas cruel que sus patrones, porque se
escondió en la sotana reactiva, el uniforme preferido de pederastas y
lameculos. Un asco de tipo. Aunque un psicoanalista quisiera hacer uso de
neutralidad, de tenerlo cerca al Cristian no cristiano Von Wernich, no sería
posible impedir el certero puntapié en su podredumbre genital. Porque lo mas
insoportable de las fechorías de monseñor sorete, es el placer inaudito que
obtuvo de cada una de sus felonías. Principio de placer traicionado en su
dimensión simbólica, para constituir un premio adicional a su condición de
humana animalidad. Es cierto que el dolor del torturado conmueve. Que el
quebranto del prisionero nos derrumba. Pero conviene detenerse aunque sea
unos pocos instantes (no es posible hacerlo demasiado tiempo) en el placer
del carnicero apostólico, romano, católico. La mala bestia disfrutaba todo
el horror que causaba. Jorobado de alma, torcido en su credo y retorcido en
sus zonas erógenas, disfrutaba de su purulenta religiosidad. Nada le impedía
torturar negritos, pero podía mentir si le peguntaban por el martirio del
director de un diario de prestigio internacional. El que se hacía llamar
"duque", "conde", no era peor que Caggiano, Tortolo, Pio Lagui, Paula VI,
Wotyla. Poco mérito ser uno mas de un scoring de lacras y alacranes.
¿Reaccionará el obispo de 9 de Julio, Martín de Elizalde, sancionando al
cobarde sotanudo? Porque las lágrimas del cocodrilo episcopal no mojan
ningún pañuelo. Son lágrimas sólidas, de granito, mármoles diminutos que ni
siquiera laceran los ojos que las escupen. Ante la evidencia que la Iglesia
de Roma es una organización criminal, que ha propiciado la biblioclastía, el
genocidio, el exterminio de mujeres y libre pensadores, que poco puede
importar el derecho canónico. Ni la excomunión será suficiente, porque
¿quien excomulga al excomulgador? Vamos a ver como reaccionan nuestros
conservadores contrariados, que algunos se empeñan en denominar
progresistas. Ya los escucho, cachondos y pulguientos, separando a las
personas de las instituciones. Yo reclamo: abogados del mundo unios! Para
una mega demanda civil por daños y perjuicios contra la humanidad, a la
Iglesia Romana en Argentina, por cómplice, en concurso real, irracional,
perverso y demencial, de todos y de cada uno de los delitos por los cuales
fue declarado culpable el Von Wernich, inodoro de la fé. La dimensión
institucional no puede ser soslayada. Me refiero a la lógica fundante que
habilita y santifica el exterminio del hombre por el hombre. Un grado mas
sofisticado de la explotación. Después de todo, el Cristian-ano es un
producto no contingente de la pulsión de muerte de la Puta Madre Iglesia, en
el sentido convencional que la sociedad patriarcal le da a esa expresión.
Asqueroso el producto, y no menos asquerosa la fábrica del que proviene. La
regla de la santísima madre debe ser interpelada. Teórica y políticamente.
En el psicoanálisis implicado hablamos de "Ideal del Superyo". Este
personaje macabro lo encarna en una dimensión superadora. Han caídos los
Ideales del Yo, y en la gigantesca masa artificial que algunos denominan
"aldea global", se pulveriza todo aquello que pueda oler a erogeneidad.
Desde la natural a la cultural. Condenado por 7 asesinatos, 41 secuestros y
3 casos de tortura, el capellán de la bonaerense ya tiene su epitafio. Cerdo
de Dios.




EL FALLO ESPERADO POR TODOS


ALEGATOS DE LA QUERELLA CARCEL COMUN PERPETUA Y EFECTIVA


TESTIMONIOS


TESTIMONIOS


RUBEN CAPITANIO CURA DECLARA CONTRA VON WERNICH


Qué dirá el santo padre...

De acuerdo a la postura del Tribunal, tras más de tres meses de audiencias orales, se pudo probar que Von Wernich fue coautor del homicidio del denominado "grupo de los 7", detenidos que estuvieron alojados en la Brigada de Investigaciones de La Plata y fueron asesinado cuando eran trasladados bajo la promesa de que saldrían del país.

Se trata de los casos de Domingo Moncalvillo, Cecilia Idiart, María Magdalena y Pablo Mainer, Liliana Galarza, Nilda Susana Salomone y María del Carmen Morettini, caso éste último que generó diferencias ayer con la fiscalía que se abstuvo de acusarlo por ese crimen.

En los minutos que le llevó a Rozanski leer el veredicto, Von Wernich se mantuvo inmutable frente al blindex especialmente colocado para evitar cualquier tipo de agresión que pudiera venir del público presente.

Vestido con el cuello sacerdotal, protegido con un chaleco antibala y fuertemente custodiado por efectivos del Servicio Penitenciario federal, el ex capellán escuchó el veredicto acompañado sólo por uno de sus abogados defensores, el letrado Marcelo Peña.

Tras la lectura del veredicto, el sacerdote fue rápidamemnte sacado del recinto, en el medio de los festejos del público que ingresó a la sala que estalló en abrazos y llantos y levantó pañuelos blancos en reclamo de la aparición de Jorge Julio López, el testigo del caso Etchecolatz desaparecido desde hace más de un año.

Horas antes de conocerse el veredicto, Von Wernich hizo uso de su derecho a pronunciar las últimas palabras y en una breve intervención cuestionó a las víctimas y testigos que declararon en su contra en el juicio, aseguró que el "fin no justifica los medios" y reclamó que para llegar a la verdad "se debe hacer con paz".

Von Wernich también citó al cardenal Jorge Bergoglio al señalar que éste, el último domingo, dijo que "quien impide reconciliarnos, es el demonio".

El sacerdote, que se negó a declarar durante todo el juicio y no estuvo presente en la mayoría de las audiencias, sólo pidió presenciar el testimonio del ex detenido Luis Velazco, el 27 de agosto pasado.

En esa oportunidad, Von Wernich intentó desacreditar ese testimonio y lo acusó frente al Tribunal de haber pertenecido al Batallón 601 de Inteligencia del Ejército.

"El hombre que quiere reconciliarse con el hombre y con Dios necesita paz, sino tiene paz va a obrar por un corazón herido, por un corazón lamentablemente lleno de problemas y de circunstancias negativas", sostuvo.

El cura citó a la Biblia en donde dice que "testigo falso es el demonio, porque está en la mentira, no está en la verdad, están preñados de malicia, concibiendo a la maldad y dando a luz la mentira".

Explicó que "estos corazones son los que tenemos que tratar de erradicar en el hombre" y agregó que el sacramento de la confesión o de la reconciliación "le da la oportunidad al hombre de hacerlo y a nosotros los sacerdotes de la iglesia la oportunidad de administrarlo y compartirlo".

Von Wernich aseguró que "ningún sacerdote de la Iglesia Católica Apóstolica Romana violó ese sacramento a lo largo de los dos mil años de historia o lo usufructuó para fines no determinados que es devolver al hombre la paz, sanar ese corazón herido y reconciliarlo con Dios".

"El fin no justifica los medios y si queremos llegar a la verdad hagámoslo con paz, con reconciliación, porque un corazón preñado de malicia es un corazon que no entiende lo que Dios quiere", dijo en lo que se interpretó como crítica a quienes declararon en su contra.

Durante su exposición ante el Tribunal, Von Wernich hizo referencia también al crucifijo ubicado detrás del estrado de los jueces y señaló que "ahí está Cristo" y tras preguntarse por qué estuvo ahi, se contestó: "tuvo un juicio apoyado por el pueblo que le pidió que lo crucificaran".

Sin embargo, el sacerdote agregó que "luego resucitó y lo primero que hizo fue aparecérsele a los apóstoles y les dijo 'la paz esté con ustedes', porque la paz trae al corazón del hombre la oportunidad de pensar libremente y quita todo aquello que molesta".

En la última audiencia de alegatos, la defensa del sacerdote pidió su absolución por el beneficio de la duda e intentó desacreditar a los testigos de la acusación.

La estrategia de la defensa, integrada por Juan Martín Cerolini y Marcelo Peña, consistió en poner en duda todas las pruebas y testimonios reunidos, además de sugerir un supuesto prejuzgamiento condicionado por la política de derechos humanos del gobierno del presidente Néstor Kirchner.

Buscó desacreditar las denuncias contra Von Wernich formuladas por la periodista Adelina Moncalvillo, hermana de Domingo, uno de los siete asesinados, quien, afirmó, antes de morir "sí participaba en las sesiones de tortura, como dijo el testigo José Llantada".

También rechazó el valor probatorio de la declaración del policía Julio Emmed ante la CONADEP, en el sentido de que Von Wernich presenció los homicidios de algunos de los jóvenes del Grupo de los Siete, porque "el testigo rectificó luego".

La defensa cuestionó además la declaración de Héctor Timerman, quien señaló al ex capellán policial como uno de los torturadores de su padre, el periodista Jacobo Timerman.

"Este juicio viola el principio de igualdad ante la ley, como los de Nuremberg y Tokio", que sirvieron en la segunda posguerra mundial del siglo XX para condenar a jerarcas nazis, interpretó Cerolini.

El defensor dedicó una parte de su alegato a sugerir que un fallo contra Von Wernich podía estar condicionado o implicar prejuzgamiento por el hecho de que "el Presidente (Néstor Kirchner) haya exigido una condena ejemplificadora".

Fuente: Télam


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Un genocida que puede dar misa

El sacerdote fue considerado partícipe y coautor de secuestros, torturas y asesinatos durante el terrorismo de Estado. El tribunal destacó que fueron hechos cometidos en el marco de un genocidio. Fue la primera condena de este tipo contra un miembro de la Iglesia, que hizo un tibio pronunciamiento y aún no lo sancionó.

La condena a reclusión perpetua para Christian Von Wernich fue recibida con satisfacción por las Madres de Plaza de Mayo.

Por Victoria Ginzberg

Partícipe necesario en la privación ilegal de la libertad agravada de 34 personas y coautor de la aplicación de tormentos agravados de 31. Coautor de la privación de la libertad agravada y del homicidio triplemente calificado de siete personas. Por esos hechos, “delitos de lesa humanidad cometidos en el marco del genocidio que tuvo lugar en la Argentina entre 1976 y 1983”, fue condenado ayer a reclusión perpetua el ex capellán de la policía bonaerense Christian Federico Von Wernich. Fue la primera sentencia contra un miembro de la Iglesia por violaciones a los derechos humanos durante la última dictadura. Fue recibida con aplausos, llantos, lágrimas y abrazos dentro de la sala de audiencias. El Episcopado se limitó a reiterar un viejo pronunciamiento en el que se señalaba que si miembros de la Iglesia participaron de la represión, lo hicieron bajo su responsabilidad personal.

La jornada empezó temprano, con los alegatos de los defensores del cura, Juan Martín Cerolini y Marcelo Peña, que pidieron la absolución de Von Wernich. Después fue el turno del propio acusado. El ex capellán de Ramón Camps habló de “paz”, “reconciliación” y acusó de mentir a los testigos que describieron cómo entraba y salía de los centros clandestinos de detención de la provincia de Buenos Aires. Sus “últimas palabras” fueron pocas, pero se preocupó de mencionar al arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio.

La audiencia se reanudó después de una pausa de cuatro horas, que incluyó el desalojo del edificio debido a que un llamado al 911 denunció que había un artefacto explosivo en el lugar. Nadie dio mucho crédito al asunto, pero igual trajo sus molestias. Las Madres de Plaza de Mayo tuvieron que bajar la escalera y esperar un rato bajo la lluvia. La movida duró poco más de una hora. En ese lapso, los movileros se preguntaban dónde estarba el cura, que al parecer era el único que había quedado dentro del edificio cuando la brigada antiexplosivos lo revisaba.

Von Wernich volvió a entrar a la sala a las 19.30, detrás de seis miembros del servicio penitenciario. Uno de ellos le sacó las esposas y el hombre se sentó tras el vidrio blindado especialmente preparado para este proceso. Como en todas las (pocas) oportunidades que se hizo presente en el recinto, llevaba un chaleco antibalas y el cuello que lo identifica como sacerdote. Un crucifijo, detrás de los magistrados, presidía la audiencia.

La lectura de la sentencia fue corta ya que los fundamentos del fallo de los jueces Carlos Rozanski, Norberto Lorenzo y Horacio Isaurralde se conocerán el próximo 1° de noviembre. Pero Von Wernich tuvo que escuchar los nombres de todas sus víctimas. Mientras Rozanski leía los hechos por los que estaba siendo condenado, el ex capellán bajo la mirada. Y cuando el juez mencionó la palabra “genocidio” fue interrumpido por los aplausos del público. Habían ido a presenciar el veredicto, entre otros, el secretario de Derechos Humanos de la Nación, Eduardo Luis Duhalde, su par de la provincia, Edgardo Binstock, los ex diputados Patricia Walsh y Luis Zamora y la candidata presidencial del MST, Vilma Ripoll.

El cura fue sacado de la sala bajo un escudo de los penitenciarios, aunque no fue necesario protegerlo de ningún objeto lanzado en su contra. El público festejó a los gritos. “Ahora, ahora resulta indispensable aparición con vida y castigo a los culpables”, se escuchaba mientras algunos se paraban en las sillas y levantaban pañuelos blancos con la cara de Jorge Julio López, el testigo que desapareció después de declarar contra el represor Miguel Etchecolatz.

Estela de la Cuadra abrazaba a su madre, Licha. Las dos lloraban. “Estoy tranquila, satisfecha. Que esta rata esté presa no me devuelve a mi familia. Pero se lo debíamos a ellos. Y a mis hijos, a mi nieta que está acá afuera y tiene nueve meses. Ahora vamos a encontrar a Ana”, le dijo a Página/12. Ana Libertad Baratti es su sobrina, la hija de su hermana Elena y de Héctor Baratti. Los tres siguen desaparecidos. Durante el juicio, el testigo Luis Velasco contó que luego de un “sermón” que el cura dio a los secuestrados en la Comisaría Quinta para que se “arrepintieran”, Baratti preguntó qué culpas debía pagar su hija, que acababa de nacer en cautiverio. “Los hijos pagan las culpas de los padres”, le contestó el sacerdote.

Los abogados de las querellas se retiraron satisfechos. “Es un día de Justicia. Era lo que esperábamos. Es el fruto del esfuerzo de las Madres y de las Abuelas”, dijo Alejo Ramos Padilla, representante de Héctor y Javier Timerman. El secuestro del periodista Jacobo Timerman es uno de los hechos por los que fue condenado el cura. Myriam Bregman, abogada de Justicia Ya! también se mostró conforme, a pesar de que en su alegato había solicitado que se condenara al represor por el delito de genocidio y no por delitos cometidos “en el marco de un genocidio”. Bregman destacó que el tribunal calificó al cura como “coautor” de torturas y secuestros y que incluyó en el fallo el asesinato de María del Carmen Morettini, que la fiscalía había desestimado por considerar que no se habían reunidos las pruebas suficientes para acusar al cura por este caso. “Es la condena que habíamos pedido sin perjuicio de la salvedad que hicimos que era muy circunstancial. si Von Wernich está preso es porque la unidad fiscal que represento lo fue a buscar”, dijo por su parte el fiscal Carlos Dulau Dumm.

“Yo sé muy bien lo que hice, por qué lo hice y con quiénes lo hice. Nadie me va a prohibir dar misa ni perderé ninguna de mis atribuciones. Cuando sea el momento la Justicia decidirá, y si la humana se equivoca conmigo, la divina acertará”, dijo en 1984 Von Wernich en una entrevista publicada por Siete Días que el martes recordó este diario. En algo no se equivocó el sacerdote. Aún hoy, preso en el penal de Marcos Paz y condenado por secuestros, torturas y asesinatos, delitos de lesa humanidad cometidos en el marco de un genocidio, nadie le prohibió a Von Wernich dar misa.

Fuente: Página/12, 10/10/07


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“¿Qué participación tuvo en todo eso?”

Sus abogados ya llevaban un rato sentados cuando el presidente del Tribunal Oral Federal número 1 de La Plata pidió que “hagan pasar al imputado”. Inmediatamente, cuatro policías entraron y se pararon junto a la pared, detrás de Juan Martín Cerolini y Marcelo Peña. Un quinto oficial se detuvo unos segundos para quitarle las esposas al ex capellán de la Policía Bonaerense Christian von Wernich, que se sentó, sacó sus anteojos para leer y su lapicera. Pasadas las once de ayer, comenzaron los alegatos de la defensa en los que se pidió la “absolución” del primer sacerdote condenado por violaciones a los derechos humanos cometidos durante la última dictadura militar. No faltó, entre otros argumentos, una visión de la teoría de los dos demonios, críticas a la “parcial” imprescriptibilidad de los delitos de lesa humanidad y la descalificación de las pruebas y testimonios aportados por la fiscalía y la querella. Después le tocó un breve derecho a réplica a los representantes de la querella.

Los pañuelos blancos de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo que se mezclaban con los que pedían la aparición con vida de Julio López promediaban la mitad de la sala de audiencias. Escucharon en silencio –previa advertencia de desalojar la sala por parte del juez Carlos Rozanski– el preámbulo del alegato de Cerolini. Su discurso, redactado y sin numerar era mirado de reojo, sin leer.

“Ya está todo listo, ya está todo preparado antes de empezar”, acusó el abogado por el “tan poco tiempo” que separaría a los alegatos de la lectura del veredicto. Además, apuntó contra la política de derechos humanos del gobierno nacional “dirigida sin ningún tipo de duda, tampoco ningún tipo de fundamento más que el ideológico, a distinguir aquellas personas que han sido víctimas y murieron realmente injustificadamente por la represión del aparato estatal, de las que murieron por ataques de la otra parte”. Pese a esas quejas, Cerolini confesó que aceptó la “difícil tarea”, “por el señor Von Wernich, por su familia, por nosotros mismos y por nuestra familia”.

Antes de comenzar con la “defensa de fondo”, el representante de Von Wernich sentenció que la historia “sirve para recordar que no hay que maquillar el pasado para que las sucesivas generaciones comprendan el presente. Porque esto, como bien sabían los nazis, no es historia, esto es propaganda”.

A diferencia de la actitud de la defensa del represor Miguel Etchecolatz –condenado por este mismo tribunal el año pasado– Cerolini empezó su alegato con una concesión: “reconocemos la existencia de detenidos desaparecidos, la existencia de vejámenes y torturas. No porque lo creamos nosotros, sino porque hay una sentencia que así lo declara”. Sostuvo, en cambio, que esas situaciones escapaban a la voluntad del ex capellán. “¿Qué participación o qué injerencia tuvo el señor Von Wernich en todo eso que ya está probado?”, “¿Qué factibilidad tenía de resolver aquellos abusos?”, preguntó.

No tomaron en cuenta la actitud del religioso relatada en numerosos testimonios ni las afirmaciones del filósofo, teólogo y ex cura Rubén Dri, que había asegurado que de no conseguir respuesta de su superior debía renunciar inmediatamente porque no era posible ejercer una tarea pastoral “donde se violan todos los derechos cristianos”. Ese fue, precisamente, otros de los intentos de la defensa: “El capellán policial no es un funcionario público y tiene posibilidad absoluta de ingresar a las comisarías, los guardias no tienen facultad de control porque su misión es docente, sacramental y pastoral”.

Cuestionaron, además, la veracidad y la validez de las declaraciones más importantes como la del oficial Julio Emmed, que había vinculado al sacerdote con el asesinato de un grupo de detenidos a los que se les había prometido salir del país.

“Son más las dudas que han quedado planteadas que las certezas”, opinó uno de los abogados. El Tribunal no hizo lo mismo.

Informe: Sebastián Abrevaya.

Fuente: Página/12, 10/10/07


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Pecados capitales

Por Mario Wainfeld

“El Señor no nos dijo ‘ustedes pueden matar o no matar’. Pero debemos estar dispuestos a morir.”
Carlos Mugica, circa 1972

“Esta lucha es una lucha por la República Argentina, por su integridad, pero también por sus altares (...). Por ello, pido la protección divina en esta guerra sucia en la que estamos empeñados.”
Victorio Bonamín, vicario castrense, octubre de 1976

Un acusado fue condenado, con sobradas pruebas, previo cumplimiento del debido proceso legal. Ninguna institución se sienta en el proverbial banquillo porque el derecho penal de Occidente, cimentado en la presunción de inocencia, sólo admite procesar individuos. No se juzgó a la Iglesia Católica. El ciudadano Christian Federico von Wernich no es castigado por sus pecados (menos por su fe o sus valores) sino por sus delitos.

Los efectos políticos sí que trascienden al reo. Es la tercera sentencia ulterior a la nulidad de las leyes de obediencia debida y punto final. Habrá más tras los trabajosos trámites que impone la preservación de las garantías a los procesados.

Una consecuencia que se irá desplegando es el debate acerca de la responsabilidad, jamás penal pero sí política y hasta moral, de la cúpula de la Iglesia Católica. Casi de volea la comisión ejecutiva de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA) emitió un documento (ver página 5), sin duda redactado con antelación. La celeridad fue toda una innovación, el contenido muy lavado y distante, una repetición. La voluntad ostensible fue mitigar la repercusión mediática de un caso con escasos antecedentes en el mundo. Estar presentes en los titulares y en las primeras páginas en función de su pálida movida de ayer y no de su silencio de décadas.

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El juez Carlos Rozanski le explicó a Von Wernich que su intervención final no era para ejercitar su defensa (trámite ya cumplido) sino para pronunciar algunas palabras. Con sutileza, le subrayó que el derecho siempre le concede la última palabra al acusado. Un paradigma general que cobra insólito vigor en el que caso de quien hizo de la palabra un arma.

El ex sacerdote, con enorme presencia escénica, inquirió cuánto tiempo tenía y eligió como género el sermón. Ni una palabra sobre el hombre sometido a juicio, él mismo. Sí una reflexión sobre el sacramento de la confesión, sobre la historia de la Iglesia, sobre el demonio que acecha en los testigos que odian y (por ende) mienten. La reconciliación, esa bandera que los represores (y sus corifeos) aluden como tapadera de su impunidad, no podía faltar.

Al cronista siempre le impresiona que otro represor, Luis Patti, jamás niega los hechos que se le imputan. Los resignifica, desde el ángulo legal. A los militantes montoneros Pereira Rossi y Cambiasso no los asesinó, los “mató en combate”. Cuando se le reprocha haber torturado se vuelve leguleyo: la causa está prescripta, no hay testigos. En el caso del policía puede imaginarse que algo hay de proselitismo; hay quien lo vota por sus tropelías, no a pesar de ellas. Von Wernich, que no busca votos pero sí otro tipo de adhesiones, hizo lo mismo. No dijo que era inocente, no repasó los cargos, se amparó en los dos mil años de historia de la Iglesia Católica pero jamás habló de una de sus ovejas más negras, él mismo. Dos autoridades citó Von Wernich en su día ante el tribunal. Un texto de San Juan, según los conocedores, el evangelista favorito de Jesús. Y una frase del cardenal Jorge Bergoglio emitida en misa de siete el fin de semana pasado.

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La frase de Carlos Mugica citada como epígrafe alude a una de sus obsesiones. Siempre decía que estaba dispuesto a morir por sus ideas pero no a matar por ellas. Tamaña opción lo diferenciaba de muchos de sus compañeros, seguramente a ellos les predicaba. Su testimonio contrasta con el de muchos otros sacerdotes y obispos que sí apañaron el crimen, la tortura y la desaparición. Uno al menos, quedó probado, hasta cometió esos delitos.

En estos días memorables, vale recordar que los cristianos (laicos u ordenados) estuvieron de los dos lados del terrorismo del Estado: verdugos y víctimas. La obstinada opción de la jerarquía a partir de 1983 fue obstruir toda forma de investigación o juicio. Muy por debajo del compromiso de sus pares chilenos o brasileños, casi todos los purpurados se consagraron a legitimar y engrosar el discurso de la impunidad. Ningún abogado defensor de los genocidas fue tan persuasivo, tuvo tanta acogida social como la jerarquía.

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El múltiple homicida portaba un chaleco antibalas que jamás precisó. Nadie alzó la mano, menos un arma, contra él. La única insubordinación del público fueron unos vítores y aplausos en ciertos tramos del decisorio. El presidente del tribunal pidió calma, para cumplir con las formalidades y hasta eso se honró. La dignidad de las víctimas y los militantes de derechos humanos, un clásico en 24 años de democracia, pasó por La Plata.

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Larga y aciaga es la crónica de los sacerdotes que integraron las fuerzas de seguridad. Vicarios y capellanes castrenses o de la policía fueron, en lo político, primero instigadores luego cómplices. Fue usual que integraran la vanguardia de los genocidas y los cubrieran con relato ideológico-religioso. Fueron punta de lanza en el conflicto con el Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo (MSTM), con mucha antelación a la dictadura.

Desde 1976, todo se radicalizó, contexto en que brota la cita de Bonamín recordada al comenzar esta columna.

La supervivencia de esos cargos, sufragados por el Estado nacional con nula transparencia e información, es una rémora (reavivada por el caso Baseotto) que la coyuntura habilita para desmontar. La necesaria polémica acerca de las complicidades debería potenciar una modernización de las relaciones entre Iglesia Católica y Estado, muy anacrónica, plena de privilegios no republicanos.

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Por razones de horario, el tribunal sólo leyó la parte resolutiva de su sentencia. Los fundamentos (“considerandos”, en jerga) se difundirán el primero de noviembre. Hasta entonces no se sabrá en detalle cuál es el alcance de la expresión “delitos de lesa humanidad cometidos en el marco del genocidio” que leyó Rozanski. Las querellas habían pedido que se consagrara el delito de genocidio, no incluido en la legislación escrita argentina. Ningún fallo local lo recogió hasta ahora. Es un punto debatido entre juristas. Habrá que ver el hilo argumental de los camaristas, la primera impresión es que se reconoce la existencia de un genocidio pero se condena por los otros delitos comunes, cuya enumeración ponía la piel de gallina.

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Fiel a un estilo poco democrático que no suele ser criticado por la prensa, la CEA emitió un comunicado al que no le puso voz ni cuerpo. El texto es breve hasta el laconismo. Da cuenta de un “dolor gravísimo” pero relativa la existencia de los crímenes con el asombroso giro “según la sentencia del Tribunal Federal Oral 1 de La Plata”. Una sentencia es un acto institucional, no una opinión. Como tal, obliga a todos los ciudadanos y a todas las organizaciones no gubernamentales. Von Wernich no es múltiple asesino “según los jueces”, es un homicida a la luz de las leyes argentinas. Llama la atención, proviniendo de quienes reclaman enfáticamente más institucionalidad, que se relativice (casi se ningunee) el valor de un acto de gobierno.

Dos omisiones restallan en el texto. La más grave: las víctimas brillan por su ausencia. Ni una alusión a ellas. Es dable esperar que no se las haya dado por nombradas en las alusiones que sí hay, al “odio y el rencor”.

La segunda ausencia es la mención de las señas personales de Von Wernich, así fueran su nombre y apellido.

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Habrá análisis jurídicos cuando se conozca el veredicto completo. Seguirán las controversias sobre la figura del genocidio. El Ejecutivo deberá ponerse las pilas y destrabar las designaciones de jueces que tiene muy frenada por desmanejos internos. Para acelerar los juicios en curso, la Corte Suprema deberá asumirse como cabeza del Poder Judicial, burilando una ingeniería procesal que abrevie tiempos sin mengua de las garantías a los acusados. También deberá ejercitar su poder de superintendencia con magistrados que chicanean como si fueran abogados de la defensa.

Con mucho para hacer y corregir, con internas y deudas pendientes, el sistema democrático funcionó. Mucho le debe a la tenacidad, la creatividad y la militancia de las organizaciones de derechos humanos cuya lucha pacífica sigue siendo un ejemplo insuperado.

El acusado, un psicópata de libro en su sermón de diez minutos, no manifestó arrepentimiento, ni siquiera introspección. La institución que todavía lo contiene en sus filas, tampoco

Fuente: Página/12, 10/10/07


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La Iglesia Católica habló: “el demonio es el testigo falso”

Por Fortunato Mallimaci *

El sacerdote Von Wernich al final habló. La Iglesia católica al final habló. Confiado, seguro, soberbio, altanero, miró al tribunal, miró a la cámara y pidió diez minutos. Miró también fijo al crucifijo que presidía la sala (¿hasta cuándo será un salón sacro un tribunal de Justicia?) y habló, explícito, en su condición de sacerdote católico.

No era alguien que se preguntaba sobre su pasado o que ponía en duda su accionar. Por el contrario, seguro de sí mismo, reafirmaba con voz potente y manos que lo acompañaban, que había hecho lo que tenía que hacer. Dios y la Iglesia se lo habían pedido y ordenado. El cumplía.

Y para que no quedaran dudas de que hablaba un sacerdote, la Iglesia Católica por su intermedio, utilizó todos los símbolos católicos disponibles. Jesús, Cristo, la Biblia, Dios, María, el Demonio, el pecado, la confesión, los sacramentos y los 2000 años de historia de la Iglesia de la cual él forma parte, nos dijo, nos recordó y nos amenazó, lo estaban en ese momento acompañando.

En la sala, momentos antes habíamos escuchado los alegatos: ayer de la querella y hoy de la defensa. Lo novedoso de este juicio fue que la defensa de Von Wernich reconoció aquello que hoy sectores de poder continúan negando: que hubo miles de detenidos-desaparecidos, de torturados, de prisioneros, de campos de reclusión y un plan de terror implementado desde el Estado para eliminar a sus opositores. Es un gran avance frente a los que niegan estos crímenes de lesa humanidad. Pero a renglón seguido, era la lógica de su defensa, intentaron minimizar su participación en los hechos que se le imputaban, dado que se trataba de “un simple capellán de la policía”. Von Wernich: ¡un perejil!

Por eso el reo Von Wernich insistió que su tarea había sido la de confesar, la de brindar paz y trato a los detenidos... Hay que ser hipócrita para mencionar la palabra paz cuando la Policía Bonaerense, de la cual era el principal asesor, colaborador y legitimador fue responsable durante la dictadura de miles de detenidos-desaparecidos, torturados, asesinados, encarcelados...

Pero estamos ante un confesor que no confiesa, que enmudece cuando debe decirnos dónde están los cuerpos de los detenidos-desaparecidos cuando era el asesor del coronel Camps; dónde están los cuerpos de las madres asesinadas luego de dar nacimiento a sus bebés; dónde están los bebés nacidos en cautiverio; quiénes armaron con él los planes de exterminio, colaboraron en torturar y asesinar... aquí la Iglesia Católica, como lo viene haciendo desde 1976, vuelve a callar, a no hablar, a seguir apostando al vínculo entre militarización y catolización, entre Patria y Nación católica, en preferir pactos corporativos a la búsqueda de la justicia, ese nuevo nombre de la paz.

Y es importante recordar una vez más que la reconciliación, la confesión, el pedir perdón en la larga tradición judeo-cristiana, significa construir justicia, es decir, reconocer y hacer memoria de los daños realizados, rehacer el tejido social destruido por esa injusticia y hacer público el deseo de no volver a realizarlo.

Por eso, aunque Von Vernich habló de la confesión no hubo en él ningún gesto, palabra ni mirada de arrepentimiento. Más aún, citando al cardenal Bergoglio, presidente de la Conferencia Episcopal Argentina en su discurso del domingo en el santuario de Luján, trató de descalificar a todos y todas aquellos que lo habían acusado en el juicio con sus mismas palabras “el demonio es el testigo falso”, esos testigos que lo acusan a él, a la Iglesia Católica, a sus 2000 años de historia, “están preñados de malicia, de mentira”. Y remarcar, para no dudar de su catolicidad, “que María nos enseña el camino de la verdad”.

Sus palabras finales fueron recordar que en la larga historia de la Iglesia, “nunca, ningún sacerdote violó el sacramento de la confesión”. Triste y terrible ironía, el sacerdote que se jacta de no violar un sacramento acepta que se violen cuerpos, que se violen sueños, de creerse todo omnipotente, de ser Dios para decidir sobre lo más absoluto y sublime: el amor a la vida de un varón, de una mujer que por ser luchadores sociales, amantes de la solidaridad y la justicia, él, Von Wernich, la Iglesia, decidió que eran no personas, no debían seguir viviendo, eran subversivos.

* Sociólogo de la religión UBA/Conicet

Fuente: Página/12, 10/10/07

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Si Von Wernich es “religioso”, yo no lo soy

Por Daniel Goldman*

En su presentación final, Von Wernich utilizó el sistema de la definición de palabras a partir de sus opuestos. Tonto, el supuesto sacerdote no parece. Más bien sádico, aunque no sea contradictorio. Pero más allá de sus características personales (si es que se puede), creo que resulta interesante jugar con ese modo de pensamiento, tarea difícil si la hay. Elegir la palabra correcta resulta un desafío inmenso, porque equivocarse con ella nos remite a otro lugar, tan distante como la palabra misma.

Von Wernich definió la paz en oposición al pecado. A diferencia, me permito, traer la reflexión del profesor Jacob Petuchowski cuando cavilaba alrededor de la polivalente palabra hebrea “shalom”, que generalmente se traduce como “paz”, pero que de modo filológico debería vinculársela con “integridad”. De manera novedosa, Petuchowski sostiene que lo opuesto al “shalom” no es la guerra, como generalmente se entiende, sino el “exilio”. Exilio significa no estar en el lugar en el cual debemos estar. Ni más ni menos. Un trabajador cuando está desempleado está en el exilio, del mismo modo que aquel que ha sido expulsado de su tierra, y de la misma manera que un padre cuando no cumple con sus obligaciones para con sus hijos. Pero utilizando el mismo mecanismo alrededor del “pecado”, intuitivamente percibo que lo opuesto a esto último es la “justicia”. Y vuelvo al “shalom”, porque la paz es una instancia posterior y superadora y no opuesta a lo pecaminoso. Me cierra más creer que alguien que ha sido secuestrado es reivindicado con justicia. Alguien que ha sido torturado, es reivindicado con justicia. Alguien que ha sido asesinado es reivindicado con justicia. Evidentemente, después de estos pecados, jamás se puede retornar al estado anterior. Simplemente se reivindica,

pero no se retorna, porque el retorno es imposible. Volviendo a Von Wernich, éste deberá pagar con la imposición de la “justicia” y no con la falacia de la supuesta “paz”. De eso trata el estado de derecho, aunque este hombre no crea en ello. En este juego de opuestos, ¿habrá estado en algún momento de exilio Von Wernich cuando era cómplice de todos estos delitos? No lo creo, porque la propia palabra “exilio” no alcanza para definir la inmensidad del espanto del cual fue partícipe.

Pensando en otras categorías, considero que tampoco la reconciliación sea el camino para arribar a la paz, como sostuvo Von Wernich. Para llegar a esta última –según el Talmud– se necesitan previamente la “verdad”, entendida como la lectura real de los hechos y el “juicio”, como demanda valorativa para la vida en libertad, siendo ambas instancias necesariamente esenciales para la íntegra paz.

Finalmente, retornando al juego de los opuestos, quiero ser cauto para definir el término “religioso”. Si bien me resulta difícil definir esa palabra, pragmáticamente estoy convencido de que si ese individuo es “religioso”, por oposición, no tengo dudas, gracias a Dios, de que yo no lo soy.

* Rabino

Fuente: Página/12, 10/10/07


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Nada más que una oveja descarriada

Con la firma del cardenal Jorge Bergoglio, la Iglesia tras la condena a Von Wernich se declaró “conmovida por el dolor que nos causa la participación de un sacerdote en delitos gravísimos, según la Justicia”. Insistió con que actuó a título personal.

Por Washington Uranga

“La Iglesia en Argentina está conmovida por el dolor que nos causa la participación de un sacerdote en delitos gravísimos, según la sentencia del Tribunal Oral Federal Nº 1 de La Plata”, comienza diciendo un breve comunicado de la Comisión Ejecutiva del Episcopado que lleva la firma del titular del organismo, el cardenal Jorge Mario Bergoglio y los tres restantes miembros de ese cuerpo eclesiástico. El texto, de apenas veinte líneas y que se conoció pocos minutos después de difundida la sentencia condenatoria contra el sacerdote Christian von Wernich, se ajusta a la línea argumental que ha venido sosteniendo la jerarquía católica reconociendo el pecado personal de algunos de sus miembros en las violaciones a los derechos humanos, pero dejando de lado toda responsabilidad institucional. Contrariamente a las expectativas que se habían generado, incluso por algunos trascendidos de fuentes eclesiásticas, no se conocieron hasta el momento sanciones eclesiásticas contra el sacerdote condenado, medida que en el caso de concretarse tiene que ser adoptada por el obispo de 9 de Julio, Martín de Elizalde, superior directo de Von Wernich.

Reiterando también el tono de pronunciamientos anteriores, los obispos dicen que “creemos que los pasos que la Justicia da en el esclarecimiento de estos hechos deben servir para renovar los esfuerzos de todos los ciudadanos en el camino de la reconciliación y son un llamado a alejarnos, tanto de la impunidad como del odio o el rencor”. Repiten entonces parte de un comunicado difundido en 1995 en el que se afirmó que “si algún miembro de la Iglesia, cualquiera fuera su condición, hubiera avalado con su recomendación o complicidad alguno de esos hechos (la represión violenta), habría actuado bajo su responsabilidad personal, errando o pecando gravemente contra Dios, la humanidad y su conciencia”. Recuerdan también el pedido público de perdón hecho en Córdoba el 8 de septiembre del 2000, que poco satisfizo entonces a quienes reclamaban una autocrítica de la jerarquía eclesiástica. Los obispos cierran su brevísimo documento con una oración a Dios en bien de la “reconciliación de todos los argentinos”.

De manera simultánea, al comunicado de los obispos la Iglesia difundió también una declaración de la Comisión de Justicia y Paz, un organismo integrado por laicos católicos, que depende también de la Conferencia Episcopal y cuyo asesor es el obispo de San Isidro, Jorge Casaretto. Allí se dice que “ante el fallo del tribunal que juzgó al sacerdote Von Wernich, la Comisión Nacional de Justicia y Paz quiere manifestar su dolor y su pesar por todas aquellas acciones directas, en colaboración o complicidad, que algunos integrantes de la Iglesia Católica pudieron llevar a cabo y que posibilitaron el secuestro, la tortura y la desaparición de personas durante la última dictadura militar”.

Colocándose un paso adelante de lo señalado por los obispos, Justicia y Paz expresa “nuestra solidaridad con todas las víctimas de ese período de nuestra historia, y esperamos que el accionar de la Justicia pueda actuar como reparación y consuelo para los sobrevivientes, sus familiares y los de los desaparecidos”. Y agrega el organismo eclesial que “en nuestro compromiso con el presente y de cara al futuro por afianzar un espacio de amistad y diálogo entre los argentinos, que permita convertirnos ‘de habitantes en ciudadanos’, queremos afirmar que la violencia, en cualquiera de sus expresiones, no es cristiana ni evangélica, y mucho menos si no respeta a los seres humanos y a sus derechos elementales”.

La Comisión de Justicia y Paz termina su comunicado haciendo también una invocación a la reconciliación, aunque con algunos matices respecto de lo afirmado por los obispos. “Que frente al imperativo de que la Justicia busque la verdad sobre el pasado, el desafío de proyectar una nación sin excluidos nos ayude a encontrar los caminos de encuentro y reconciliación que hagan posible, en la justicia y en la paz, la construcción de una patria de hermanos”, dice la comisión presidida por el ingeniero Eduardo Serantes.

Fuente: Página/12, 10/10/07


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Responsabilidades institucionales

Por Washington Uranga

El juicio y el fallo condenatorio contra el sacerdote católico Christian Federico von Wernich no puede leerse apenas como una sanción de la sociedad contra un ministro religioso, pretendiendo que el ex capellán de la Policía Bonaerense actuó en forma totalmente aislada y con desconocimiento de sus superiores eclesiásticos. Tampoco sería justo englobar en la sentencia a toda la institución eclesiástica, en cuyo seno también se cobijan algunas de las víctimas del cura represor, de los policías y militares a los que él acompañó y cuyo accionar justificó desde el discurso ideológico y religioso. Lo que el juicio permitió fue echar verdad sobre lo sucedido y probar de acuerdo con las exigencias de la Justicia el hecho innegable de las responsabilidades institucionales de parte de la Iglesia Católica argentina en las violaciones a los derechos humanos.

Se trata de las mismas responsabilidades institucionales que los obispos han tratado de eludir antes y ahora al reafirmar lo dicho por la Comisión Permanente del Episcopado el 8 de marzo de 1995 en un comunicado sobre “la represión violenta durante el gobierno militar”. Entonces sostuvieron y ahora reiteran que “si algún miembro de la Iglesia, cualquiera fuera su condición, hubiera avalado con su recomendación o complicidad alguno de esos hechos (la represión violenta), habría actuado bajo su responsabilidad personal, errando o pecando gravemente contra Dios, la humanidad y su conciencia”. Con la misma intención se recuerda ahora el insuficiente reconocimiento hecho el 8 de septiembre del 2000 en Córdoba, en el marco del Congreso Eucarístico Nacional. En esa ocasión los obispos pidieron perdón “por los silencios responsables y por la participación efectiva de muchos de (sus) tus hijos en tanto desencuentro político, en el atropello a las libertades, en la tortura y la delación, en la persecución política y la intransigencia ideológica, en las luchas y en las guerras, y la muerte absurda que ensangrentaron a nuestro país”.

“La Iglesia no se equivoca, sus hijos sí.” Ese es el razonamiento utilizado por los obispos. Qué decir entonces del obispo Victorio Bonamín, quien siendo pro vicario castrense alentó el golpe de Estado con un interrogante: “¿No querrá Cristo que algún día las Fuerzas Armadas estén más allá de su función?”. Para sostener luego que “el Ejército está expiando la impureza de nuestro país” y que “los militares han sido purificados en el Jordán de la sangre para ponerse al frente de todo el país”. Y la propia Conferencia Episcopal, en un documento del 15 de mayo de 1976, sostenía que “sería errar” contra el bien común si se pretendiera “que los organismos de seguridad actuaran con pureza química de tiempos de paz, mientras corre sangre cada día”.

El presidente de la Conferencia Episcopal en épocas de la dictadura, Adolfo Servando Tortolo, se mostró siempre como un entusiasta defensor del régimen dictatorial y justificó sus métodos de la misma manera que lo hizo el arzobispo de La Plata, Antonio Plaza, o el de San Luis, Juan Laise, para mencionar algunos. La institución de los capellanes militares y policiales, injustificable para muchos desde el punto de vista pastoral, se convirtió en una herramienta ideológico-religiosa para legitimar los atropellos. No hubo en ese momento, y tampoco ahora, asunción institucional de las responsabilidades. Algunos obispos (honrosas y valiosas excepciones como Miguel Hesayne, Esteban de Nevares y Jorge Novak) tuvieron que sufrir el aislamiento de sus pares por su compromiso en defensa de los derechos humanos y por la autocrítica respecto de la acción institucional de la Iglesia sobre el mismo tema.

Lejos de cumplir la misión religiosa que le fue encomendada como capellán, Von Wernich actuó como parte integral de las fuerzas de represión comandadas por el general Ramón Camps. La condena del sacerdote Von Wernich por genocidio constituye probablemente la más grave mancha de Iglesia Católica argentina en toda su historia. Pero de poco servirá si los responsables eclesiásticos no ven esto como una enseñanza dirigida a la institución. Seguramente la sociedad tendría otra imagen de la Iglesia argentina si, recuperando el sentido espiritual de la tradición cristiana sobre la reconciliación, los obispos decidieran recorrer el camino de asumir institucionalmente las culpas, agradecer por la verdad y por la justicia, pedir perdón y procurar la reparación de los daños causados a las víctimas. Ese es, en definitiva, el sentido cristiano de la reconciliación. Muy lejano al que pretendió darle Von Wernich en la intervención final del juicio que lo condenó.

Fuente: Página/12, 10/10/07


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Nada banal

Por Sandra Russo

Cuando un militar, cualquiera fuera su rango, desmentía que el Proceso de Reorganización Nacional estaba en realidad reorganizando el país a través de la eliminación sistemática de los opositores, mentía. Obviamente mentía. Desmentir la verdad es mentir. Pero que en este caso no fuera un militar sino un cura hace de esa mentira algo todavía más ruin. Como diría Pessoa, “vil en el sentido exacto de la vileza”.

Esta condena por genocidio que le fue dictada a un cura expresa tantas cosas que es difícil percibirlas todas. Venimos soportando que, en democracia, la Iglesia Católica se inmiscuya en asuntos que no incumben sólo a sus fieles sino además a quienes no tienen la menor gana de escuchar a un cura meterse, por ejemplo, con la sexualidad. Esta condena por genocidio a un cura que la jerarquía de la Iglesia siempre supo quién era y qué había hecho, hace desmoronar como un castillo de arena ya seca, ya áspera, el aparato discursivo moral de la Iglesia Católica, para la que también era mucho más cómoda la teoría de los dos demonios. Bien, desde la condena a Etchecolatz ya lo sabemos. Es la Justicia la que dice que no hubo guerra sucia sino genocidio. ¿Habrán sido los obispos engañados como el resto de la población, que con mucho gusto aceptó ése y otros tantos eufemismos? No es creíble. Lo sabían. Pero esta condena por genocidio a un cura pone en evidencia un silencio inexplicable no ante la feligresía, sino ante sus propias conciencias.

Von Wernich encarna un tipo de mal que está lejos de aquella banalidad que Hannah Arendt percibió entre los verdugos nazis. La maldad de Von Wernich no tiene nada de banal. Cada músculo de su cara, cada palabra que mastica su boca, cada fibra que lo mantiene en pie parecen estar aún detenidas, después de treinta años, en el escalón del odio. El escalón de más abajo. Un escalón más abajo de donde empieza la condición humana. Un escalón menos del que hay que pisar para tener dignidad. Von Wernich pertenece a la extraña estirpe de los lobos que se comen al hombre, los lobos que en los demás no pueden ver sino otros lobos, y se ven compelidos a matarlos. Pero no como un lobo mataría a otro. No es una simple muerte lo que satisface a su estirpe. El y los suyos necesitan del dolor, de la agonía, de la imagen sangrante y desesperada del otro para sentirse a salvo.

Los eufemismos están reventando como piñatas de goma podrida. El pasado no pasó. El pasado no se puede dejar atrás. El pasado nos acompaña en nuestros despertares. El pasado grita porque en él no sólo hay muertos queridos que nunca tuvieron flores, sino también criminales que no pagaron sus crímenes. El pasado ayer pasó un poco. Después de un genocidio, el pasado va pasando solamente con justicia.

Fuente: Página/12, 10/10/07


TODO QUEDA EN LA MEMORIA GRABADO EN LA MEMORIA NO OLVIDAMOS NI PERDONAMOS NI NOS RECONCILIAMOS

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